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miércoles, 27 de abril de 2016

Muerte de Ron Navarro

Por Jorge Luis Pérez

New Hall

No me gusta la nieve en directo. Lo único que tenía en mis bolsillos era una impresión muy distinta de la nieve. La primera vez que nevó sobre la academia Lake Forest esperaba que cayera en los agigantados copos que había visto retratado en mi único referente del mundo, la tele. Pero la nieve es fina. Muy fina. Tardé varias nevadas en darme cuenta de que no habría otro tipo de nieve distinto al que caía siempre. La nieve es una sola y no es la de los dibujos animados.

Mis padres me mandaron a Lake Forest para aprender inglés. Tenía catorce años. Allí no conocía a nadie. Mi compañero de cuarto en el Atlass Hall, Ernest Powell, era la persona menos acogedora de Illinois. Creo que en los tres meses que estuve ahí, sólo hablé con él tres veces. Yo llegué en enero y desde febrero no lo vi más.

Mis compañeros de clase eran todos chinos y habían venido sólo a estudiar. Creo que una vez conversé con uno, Simon, al jugar una partida de Reversí un día que la profesora, Connie McCabe, se atrasó. Me ganó apabullantemente y nunca más volvimos a hablar.

En Atlass Hall, el dormitorio, a veces conversaba con la gente que se cuadraba en la sala común de nuestro corredor, donde había una tele, pero ellos sólo querían hablar de la WWE. Nuestro dormitorio era sólo de chicos, y yo a esa edad tampoco estaba tan interesado en conocer amigos (o luchadores) como estaba en conocer amigas. Y luchadoras.

Para alejarme de tanto entretenimiento, paseaba bastante por el Campus. En pleno invierno, donde la nieve arruinaba lo que imagino que debe ser un lugar hermoso en verano, la mayoría de los paseos era por la gigantesca mansión Armour, cuyos anexos formaban la escuela. En lo que debía haber sido antaño el comedor vivía un triste Steinway de cola completa. Le hice compañía muchas tardes, soltándole la partitura de todas las canciones del Fantasma de la ópera, la única cosa que me sabía de memoria.

Eso fue un acierto. Así conocí a Gina, quien, no sé porqué, sabía tocar la canción de Mortal Kombat y sólo la canción de Mortal Kombat. Pero eso era todo lo que hacía falta. Nos hicimos amigos inmediatamente. Ella me llevó al New Hall. Gracias a ella conocí a Ron.

Desde febrero pasé todas las tardes en el New Hall, donde había mesas de billar y un ambiente mucho más adecuado para preadolescentes. El New Hall. Supongo que habrá empezado como una sala de estudios a la que el tiempo y el estudiantado fue adaptando poco a poco; el New Hall, donde al fin me sentí en casa. El New Hall, donde encajé. Supongo que ese fue mi primer bar bohemio. Detrás del New Hall estaba el teatro, y ahí ensayaban diariamente para una función de una obra cuyo título no recuerdo, mas sí la trama: iba de un tipo que cantaba y llevaba una espada y mataba a otro que no cantaba tan bien. Puccini, seguramente.

El ambiente era siempre ameno. En la sala adjunta al teatro, donde estaba la utilería, se reunía la banda a ensayar. Alguien había dejado abandonada una guitarra de cuerdas metálicas a la que le faltaba uno de los mi, el agudo, pero eso no me impidió hacer con ella lo que previamente había hecho con el Steinway, excepto que la guitarra era un poco más móvil. La llevaba a todos lados. Era el Johnny Cash de Lake Forest, si Johnny Cash hubiera sido manco, mudo y feo. En guitarra sólo sabía Californication y Don’t cry, y eso era todo lo que necesitaba saber. Prontamente me convertí en el alma de la fiesta. Para marzo, la profesora de música me compró una mi. Al día siguiente apareció la dueña de la guitarra y no las volví a ver más.

Solía llenarme los bolsillos de galletas e ir al New Hall a ver con quién me encontraba para un billar o fingir hacer esgrima con los tacos. Una vez fui por el salón de utilería en aras de buscar un instrumento desdeñado y ahí fue que vi a Ron por primera vez. Ronald, lo sé ahora, tenía dieciséis, pero yo lo veía mucho mayor. Sostenía una trompeta plateada entre sus hinchadas mejillas, sólo superadas por su absurda nariz de bombilla. Sus ojos parecían que iban a explotar cada vez que tocaba. Era un goce verlo.

—What you be doing here —me dijo sonriente.
—Looking for a guitar.
—We ‘ave a nice trumpet for you ‘ere.
—I don’t know how to play that —le dije.
—I’ll teach you —me dijo y empecé a limpiarme las manos de las migajas de las galletas.
—You just ‘ave to stick your tongue doon right here —me dijo pasándome la que debía pertenecer a uno de sus compañeros.
—No way I’m putting my tongue down there.

Se rió. «Smart man» me dijo, y siguió con lo suyo.

Nunca vi a Lake Forest en el verano. Debe ser un lugar precioso. Los recuerdos que guardo no son del horrible frío que pasé o de lo complicado que es convivir con nieve, o de cómo fue haber ido a un sitio sin un amigo en el bolsillo, ni de lo que es sacarle las manchas de lodo al pantalón café cuando usaba el azul, o de los azules cuando usaba el café, o de agradecer que el jersey se inventó para no tener que planchar camisas, o que si hubiese perdido el nudo de la corbata seguramente me habrían expulsado porque no podría hacer un medio windsor ni para tener que ahorcarme. De Lake Forest, si algo recuerdo bien, si algo recuerdo siempre, es a Ronald, internado en la oscuridad tocando su trompeta y su sonrisa amable de blanquísimos dientes en el salón de utilería, adonde iba a practicar nocturnamente. Hablábamos horas; hablábamos todos los días de todos los meses que estuve ahí. Sé que reíamos bastante, pero no recuerdo de qué hablábamos.



Le Lou-foc

Para 2005 no podía vivir sin el teléfono en bolsillo, y la otra cosa que lo acompañaba era la gigante llave de bronce, de pinta antiquísima, que me sobresalía del pantalón. Apareció Facebook en mi vida, y con él reestablecí contacto con Ronald. No habían pasado cuatro años. Seguimos desde donde sea que hayamos lo dejado. Me enteré de que ahora se dedicaba a tocar en un grupo en algún bar de Chicago y de que había tenido un hijo, Ronald Junior. Más allá de eso, poca cosa. Poca cosa biográfica, digo, porque siempre hablábamos, pero supongo que nunca de cosas importantes.

Vivía en La Rochelle por esos entónceses. Las casas no tenían Wifi, y dudo que la de Madame Sallé, adonde yo llegaba, vaya a tenerlo nunca. Había que ir a un cyber para hablar con Ronald. De salida del Instituto Eurocentres nos reuníamos con los amigos de clases, quizás porque ninguno era chino, a la sombra de la Grosse Horloge, siempre a las diez, y luego caíamos al Lou-foc a tomar algo. Ten o’ clock at the clock.

No recuerdo si en esa época se podía fumar dentro. Pocas veces entrábamos. Nos quedábamos en las sillas de afuera y pedíamos una girafe, que sé que luego fue prohibida por razones de higiene. Recuerdo que los cigarrillos tenían unas imágenes muy gráficas sobre gente muriéndose y que los Lucky venían en grupos de 19, dicen que por algo de los impuestos. Recuerdo que me iba bien con las chicas rusas y que me incomodaba saludar con dos besos al mesero, que ya era casi padre de nuestra alcohólica familia.

El Lou-foc era jazz. Pasábamos hablando de quién cantó mejor que quién, quién imitó al otro, qué trompetista era el mejor trompetista, quién el mejor cantante, quién sería el mejor si de él sobreviviesen grabaciones, pues todos sabíamos que de los mejores no existían grabaciones, pero eso no nos impedía ponerlos en la balanza, como si nosotros hubiéremos estado ahí, en vivo, escuchándolos, en un intento de avalar a quienes nuestros referentes habían alabado. Yo pasaba por una época post-Petrucciani y me había sumergido en Irakere. Arturo Sandoval era Jesús. Dizzy Gillespie, Dios. Empecé a llevar un MP3 en el bolsillo.

Corría a contarle todo a Ron. «¿Puedes creer que a la gente le gusta Buena Vista? ¿Que no ubican a Chano? ¿Que creen que Basie no es el piano más pesado?» El hombre gozaba. Le daba igual, pero reía. También discutíamos él y yo; él se había quedado en una corriente más clásica, y yo, supongo que mayoritariamente para molestarlo, me hacía el que optaba por una más moderna; o menos vieja, pues lo más moderno que yo defendía era a Lavoe, quien llevaba ya buen tiempo enterrado. Pero cada vez que oía una de esas canciones que al minuto cinco dan un paso más allá del llamado del deber y te alteran la fibra, yo quería ser Ronald. Saber tocar la trompeta como él. Pegarme un solo. Tendría sus dedos ágiles, callosos y bicolores; mezclaría motivos de Sandoval y Guajiro y los llevaría al límite de la escala, a agudos inverosímiles e ingrabables, y ahí en el escenario sería Ronald, me acercaría al bajista y, en corto, le diría algo, y los dos reiríamos y seguiríamos tocando, todas las veces, todas las noches, y sólo tendría que pensar en un sonido para poder reproducirlo, las escalas me vendrían como Bach a Gould, y la gente pensaría que yo, Ronald, tendría que ser el hijo de Desmond porque le exigiría al baterista tocar 5/4, 7/4, 11/4, y un día Gillespie caería a un concierto y pediría su trompeta y vendría a tocar y nos iríamos mano a mano, hasta que lo obligue a sacar el pañuelo blanco, y quedemos como amigos para toda la vida; qué vida la de Ron, todo a lo grande, siempre con el mismo saco blanco y corbata negra sobre el escenario agotando las partituras, viendo cómo pasaban por ahí Eddie Palmieri, Mr. Alexis, Ray Barreto, ¿qué sé yo? Todo el mundo debía pasar por Chicago; todos los gatos se debían juntar con mi pana Ron a aplaudirlo, a invitarlo a un traguito, qué hijo de puta, se lo había ganado a punta de machacarse practicando. Había hablado de hacerlo y lo hizo. Yo me sentía bien sólo de conocerlo.

En una de esas divagaciones fuertemente impulsadas por lo que sea que servían ese día en el Lou-foc fue que decidí que mi siguiente parada tenía que ser en Chicago. Tenía que ir a verlo al gran Ron y su orquesta. Explicarle a Ronald Jr. que su viejo era un bacán.



Rosa’s Lounge

En julio de 2006 me recibió Ron en O’Hare, aeropuerto que debe haber sido el lugar donde Satanás ensayó los primeros diseños del averno. Pero Ron no se molestó de que llegue tarde al punto de encuentro cerca de la terminal del transporte público, donde habíamos quedado, si no que fue, como siempre, todo sonrisas. Yo llevaba en los bolsillos una cajetilla de Popular sin filtro, una dirección por si me perdía, un pañuelo en el de atrás y un tarjetero color piel (a lo Capote) en el otro.

Lo cierto es que a mi pana Ron lo único que le quedaba de la sonrisa era la sonrisa. Tenía los dientes de adelante aún nuevos, pero una cantidad de huecos atrás que daba miedo. Las pecas se le habían engordado y le brotaban. Estaba más flaco que nunca, su ropa lo delataba, no encajaba con nada. Los que dijeron black don’t crack no conocían a Ron. Le cayeron los años como cae un florero a un transeúnte incauto. Si Ron alguna vez fue sólo dos años mayor que yo, ese tiempo se había ido.

Si algo hay que destacar de ese día es que me recibió en limosina. Fue mi única vez; él sí volvió a subirse a una una vez más. Un amigo se la había dejado por el día, y él, haciendo el payaso, la había metido en el aeropuerto. Me senté adelante, con él, a pesar de sus quejas. «You never going to be in a limo no more». Tenía razón.

Pensé que iríamos a Rosa’s, donde tocaba, o su casa, pero claro, teníamos que devolver el coche; fuimos a parar a un lote lleno de limosinas de todo tipo, donde poder ver unas al lado de otras permitía contrastarlas, verlas ejercer derechos de jerarquía. Siempre podré saber qué es una limosina buena y qué es una mala.
Caminanos, llamamos por teléfono, caminamos más, volvimos a llamar, esperamos, todo con la maleta, jalada por un Ron que insistía en no aflojarla. En algún momento alguien vino a recoger las llaves. Para eso ya estábamos atrasados para tocar, pero Ron no se inmutaba. «We be there when we be there». Tenía razón.

Rosa’s Lounge tenía que haber sido el centro de la bohemia en los ochenta. Las paredes quizás hayan sido verdes. Los sofás, por ley, tuvieron que haber sido nuevos en algún momento. Alguna vez debe haber habido público. Pero ese día, ante un tipo que leía el Tribune y comía nueces quien, por cierto, no sé si era un comensal o el portero, fui la única audiencia que tuvieron los Bashful Quintet , quienes, dicho sea de paso, eran cuatro.

En ningún momento Ronald se acercó al bajista a decirle algo al oído, algo que hiciera que los dos se riesen en complicidad. En ningún momento entró una rubia en vestido rojo con un joven amante a bailar. Dizzy Gillespie estaba, sí, en un cuadro al que alguien había decorado fálicamente y nadie se había molestado en rectificar. Yo llené mis bolsillos de su Jazz. «The best is yet to come» me dijo en el bus, de camino al apartamento que compartía con cuatro de sus amigos.

The best wasn’t to come, sin embargo. Ron dejó la trompeta en 2009. Lo volví a ver en 2012, cuando terminé de estudiar en Madrid. Él iba a empezar a estudiar algo distinto, porque lo que llevaba estudiando no le gustaba mucho. No recuerdo si iba de leyes a economía o de economía a leyes. Le ofrecí un dinero que no aceptó. «Nah, man; I’m fine. It’s all good». No tenía razón.

A veces pienso que si Ron se hubiese matado o lo hubiesen matado, estaría mejor, sobre una Hearst negra, en su último paseo en limosina, con los bolsillos aún llenos de esperanza; pero supongo que 2009, las deudas, no verlo a su hijo, ser mal estudiante, la escalera de caracol decadente, la humanidad tosca, árida y sorda a lo bueno ya se encargaron de matarlo. Él aún ríe, la boca ya despoblada, diciendo que «I guess I just wasn’t that good». Pero para mí lo era. Ron, mi músico de bolsillo.

15 de marzo de 2016

lunes, 14 de marzo de 2016

El efecto de Moiré

1
Estaba solo, como me gustaba. Gris, amarillo, celeste, verde, violeta, rojo, azul. TVE. En esa época ya llegaba TV3, pero el color blanco de TVE me gustaba más que el azul de TV3. El bar Estocolm siempre tenía TV3, y, en ese contexto sí me agradaba. El color azul combinaba mejor en esas paredes oscuras.
—Buenas tardes, señor Moiré. ¿Lo de siempre?
—Sí, muchas gracias —dije.
Desde esa lejana esquina de la barra veía el Zenith de trece pulgadas sin el reflejo de las ventanas, que aunque lánguido a esa hora, podría molestar.
—Marita ha venido a preguntar por usted.
—¿Y usted qué le dijo?
—Que no hay franceses en Estocolmo.
Tenía razón. Yo, a saber, soy escocés. Pero no le dije nada, mucho cumplía ya colaborando con la causa de prorrogar la comida hasta tan entrada la tarde. Doña Inés ya había dejado el plato, pero no se iba. Me había olvidado de sonreír y agradecerle, y ya se marchaba. Gracias a Dios. No había tiempo, porque recuerdo que en ese día iba a empezar Los marginados y no podía perdérmelo. Debía haber sido lunes. El primero de los diez lunes de Los marginados.


Azul, negro, violeta, amarillo, celeste, negro, blanco. En esa época la televisión acababa. Me costaba dormir cuando la pantalla teñía de violeta la habitación. «Y así, señoras y señores, llegamos al final de la emisión del lunes uno de octubre». La televisión volvería a las ocho, pero a veces pensaba que podría no volver, y caminaba de arriba abajo, de la cama a la nevera, de la nevera a la puerta, de la puerta al armario, del armario a la cama. «Ya sólo nos queda recordarles los espacios que componen la programación del día de mañana, martes, día dos». La soledad subía el volumen a 12 rayas verdes. «Buenas noches y que descansen». Pensaba en Informe semanal, en el Primera edición, en La gitana y el caballero, en Marita, en la voz de Carmen Linares como la oí el miércoles en La buena música. Desde que el himno acababa, me debatía si dormir en mono o en estéreo. Azul oscuro, blanco, azul, gris, negro, Marita.


Fue ese lunes, lunes de Morir en Benares, que lo vi por primera vez. Me acosaba el hambre y fui al Estocolm apenas terminaron los dibujos animados de las cinco y cincuenta y cinco. Ahí estaba Marita discutiéndole a doña Inés.
—Mire, me ha tomado media hora venir hasta acá.
—No le digo que no coma, pero aquí ya no come.
—Nunca comerá en otro lado.
«Pues morirá de hambre» oí cuando pretendía doblar hacia Marina. Pero ahí estaba. Lo más hermoso que vería en mi vida. En la pantalla del bar, en la esquina en la que siempre estuvo, en la corbata de Enric Calpena. Las luces que bailan. Verde, azul, rojo, verde, azul, rojo. Nunca podría describirlo. Me quemaba, pero no podía dejar de quemarme.
—Juan, Dios santo, llevo… ¡Juan! ¡Juan!
«Marita» susurré. Las luces de la corbata de Calpena. ¿Qué tenía ahí? ¿Qué le haría?
—Juan, otra vez no con la tele, Juan, por amor de Dios, mírame si te hablo.
«Sí. Claro. Claro». La corbata. Era la luz de lo inimaginable.
—Tenía que haber botado ese maldito aparato.
«Claro». Me sumergí en esos colores, verde, rojo, azul, ahogando el llanto de la superficie. Verde rojo azul.


Nunca supe cómo llamarle. Primero pensé que sólo estaría en TV3. Nadie más lo veía. Doña Inés se sorprendió cuando cambié de asiento, adonde la columna de la barra tapa al Zenith de trece pulgadas. Era difícil sólo contentarme con oirla, mas no estaba seguro de qué pasaría si volviese a ver Telenotícies. Adelanté la hora de la comida desde los dibujos animados a La tarde. El sacrificio era inevitable. Debía evitar la corbata de Enric Calpena.


Caminaba por la noche en búsqueda de otro bar para sustituir al Estocolmo, pero a esa hora, la hora en la que ya no hay televisión, era difícil determinar qué sitio tendría televisor y qué canal preferiría sintonizar. Can Aliàs parecía prometedor.


En ese momento guardaba aún la esperanza que ese monstruo de colores y vibraciones sólo ulule en catalán, mas fue una noche de Silencio, se juega, en una visita a la segunda cadena, que vi el perverso baile de las luces verdes, azules, y rojas asiéndose de la cola de un papagayo, reptando tras él, aún en su vuelo, esperando para engullirlo en sus inquietas disoluciones, yo vine a menos como si muriera, agarrado, como la mosca que se acerca a una planta con colmillos pensádola que es una flor. Una brusca flor que te clava los dientes mientras, maravillado, desmayas en su olor.


2
Sigo solo, pero me gusta menos, a pesar de que ahora dicen que hay más canales. Ya no todo es 4:3. El logo de TVE ahora tiene un fondo celeste. Ya no está el gris en el amarillo celeste verde violeta rojo azul, sino que hay ciento doce cuadrados grises (algunos incompletos) rodeados por veintiocho rectángulos a la izquierda, veintiocho rectángulos a la derecha, treinta y seis rectángulos arriba, y treinta y seis rectángulos abajo, y, en un círculo celeste (que es lo que hace que algunos cuadrados grises estén incompletos) mis colores sobre una escala de seis grises, sobre rayas de cebra, sobre más blancos y negros (hay una línea blanca que está en medio de todo el negro en la que me fijo bastante) y el Logo de TVE que todo lo corona con un halo blanco. Te uve é.


La gente estuvo asustada cuando la fecha cambió de 99 a 00, pero infundadamente. El cambio vino desde antes, y poco a poco. Las televisiones ya no tienen tubos, tienen proyección trasera. Dicen que hay unas de más de cuarenta y dos pulgadas. Dicen que en cuatro años todo será digital. Dicen que ya la televisión no acaba.


Ya no tengo televisión. El día antes que TVE eche Lo que el Viento se llevó (veintisiete de junio) Marita se lo llevó. Aún la veo: ayuda que el cuadrado amarillo de TV3 no combine con sus paredes rosadas para no verla tanto en Can Aliàs. Extraño en programación regular al televisor en casa. Y, a veces, en programación sin previo aviso, a Marita. ¿Tendría ella aún mi televisor? No las he visto desde ese día.


Ahorro para conseguirme una nueva, pero cada vez que sale una más grande, quiero esa, y los ahorros me quedan más lejos de la compra de un nuevo aparato. Quizás deba ir al cine de nuevo; ahí la conocí. Los doctores me dicen cosas como ansiedad, depresión, esquizofrenia, estrés, insomnio, ataque de pánico, onicofagia, psicosis (gran película), fobia, paranoia, histeria, delirio, demencia, dermatilomanía, pero lo cierto es que a mí me gusta observar el televisor a pesar de que a veces hay en él algo que me aterra. Eso es todo. A Marita eso no se lo he contado. Se fue antes de poder decírselo.


A veces esos colores vuelven. Trato de no ver las noticias (ya no es sólo la corbata de Enric Calpena, sino la de Secundino González, las americanas de Luis Mariñas, las blusas de María Escalario, los recuerdos de Marita). Evito los documentales de animales coloridos, los partidos del Barça, según el año, y a los doctores con camisas a rayas. ¿Qué programación tendría Marita?


No debe ser tan difícil averiguarlo. El Metro también ha tenido pantallas, pero la programación me gusta menos. Apearse en Diagonal. Subir por Còrsega, a la cuarta a la izquierda, a la cuarta a la derecha, bajar por Progrés. No hay nada con el número veintiuno. Pero hay un diez y nueve. Hay un Veintitrés. No es un caso para Sherlock Holmes. El hipotético veintiuno tiene varios timbres. Intento leerlos, pero pocos son legibles, algunos no tienen nada escrito, otros están envejecido. Elijo un botón, pero antes de poder aplastarlo, una voz que sale dentro de mí exige «¡Marita! ¡Marita! ¡Marita! ¡Marita!». Es una calle muy silenciosa. Debe ser muy placentero vivir aquí. «¡Marita!» escucho nuevamente. A lo mejor ya no vive aquí. He de revertir el método de llegada. Izquierda, cuatro calles derecha, cuatro calles izquierda, Diagonal, Metro, línea tres (la verde) a Zona Universitària…
—¡Ey! ¡Ey, tú!
—Hasta Catalunya, cambio a línea uno.
—Perdona, ¿Juan? No puedes venir y ponerte a gritar así en la calle —dice el hombre barbudo y de lentes. No sé si sea prudente salir en pantalón corto a la calle con este frío.
—Busco a Marita. ¿Usted la conoce?
I tant. Es mi mujer.
—Pues tiene mi televisor y quiero recuperarla —digo, pero pienso que he de ser más asertivo—. Quiero que venga conmigo.
—No tenemos ninguna tele suya.
—La tiene Marita. Ella se la llevó. ¿Puedo verla? ¿Me la podría usted dar? —digo. No nos estamos comunicando bien.
—No la tenemos.
—La tiene Marita. Ella se la llevó —digo. No sé por qué se pone tenso. No responde—. Sólo la quiero de vuelta. Quizás puedo volver otro día, cuando la tenga.
—No, por favor, no vuelvas —dice. Está más tranquilo. Yo también. No sé si le digo «gracias» o sólo lo pienso. Izquierda. Otra izquierda. Una calle. Dos calles. Marita. Dos calles.


—Perdón Marita, ¿cómo llego al Metro?
—Juan —dice arreglándome el cuello de la chaqueta—. No puedes venir así de improvisto diez años después, quince años después. ¿Cómo has estado?
¿Cuántas temporadas han pasado? No pueden ser quince. Marita está igual. Yo estoy igual. Caminamos.
—¿No tendrás mi televisor?
Marita se ríe. Yo río después. Caminanos. Derecha.
—No, Juan, nadie tiene tu tele. Hace quince años que nadie tiene tu tele. ¿Cómo has estado, sigues yendo al CPB?
—Claro. Estoy perfectamente. Ya no la veo porque hay, a veces, unos colores que no me gustan mucho. Pero he pensado que sí la podría ver en blanco y negro, que no tiene colores.
—No —dice suavemente—. Mejor no la veas.
—Claro. Mejor no la veo.
—¿Podrás volver a casa sólo? —dice parada ante la entrada al Metro.
—Claro.
—Cuídate mucho, Juan. No veas tanta tele.
—No tengo televisión.

Línea uno (la roja) dirección Fondo. No me gusta mucho el Metro. Marina hacia Sáncho de Ávila. Necesito un televisor. En Can Aliàs están dando Solaris. La mejor escena, la que es blanco y negro. Me gusta mucho, es muy larga esa escena. La música es bastante buena. Dejo las llaves donde siempre. Pongo mute a las voces. Quizás la televisión vuelva a las ocho. Eso me alegra, pero camino de la cama a la nevera, de la nevera a la puerta, de la puerta al armario, del armario al sillón de ver la tele que ahora es sólo el sillón de sentarse. Quizás a las ocho. Gris, amarillo, celeste, verde, violeta, rojo, azul. Oigo la música de Eduardo Artemyev desde donde vino la voz que hoy llamó a Marita. El sillón aún es cómodo. Oigo la voz que anuncia que la programación acaba ya, que se despide, pero la imagen no se va. Creo que van a pasar una película. Creo que es en blanco y negro. Quizás salga Marita. Espero que no aparezca un hombre barbudo y de lentes. Seguro no aparece. Esta es mi película favorita. Nada de colores. Nada de camisas a rayas. Subo el volumen. Me alegro. Ya no estoy solo.

Fin.

lunes, 15 de febrero de 2016

Memorias

Todo era viejo en aquel cuarto de hospital. La puerta, que chillaba al abrirse; el armario, que chillaba al abrirse; la ventana, que no chillaba porque no se abría, y, en el centro de todo, y más viejo que todo lo anterior, los últimos suspiros de un hombre que dejaba una vida bien vivida. La puerta se queja, entra el olor al desayuno con su hijo, el menor, que levanta a su madre, que ha estado toda la noche ahí, asiendo el tiempo.

—Hola mijo, ¿qué tal?
—Todo en orden, ¿usted?
—Todo bien".

Le entregó la comida y la medicina.

—Yo vuelvo en una hora.
—No, mijo, quiero que me mire el ático, que antes de venir sonó un cataplún, ahí mire qué es. Arréglelo.
—Sí, mamá.

Mientras subía las escaleras al húmedo ático le fue preguntando a su abuela si aún tenían herramientas. No se tardó en diagnosticar el daño: un estante se había vencido. Madera vieja, mucha humedad, muchos libros. Mientras quitaba el resto de libros para prevenir otro accidente pensó en ventear el ático, conseguir naftalina y madera para enmendar el mueble. Rápidamente hizo el cálculo, esos libros no podrían haber cabido en el estante del que habían salido. Eran muchos. Muchos y muy gordos. El estante no había podido hacer otra cosa que reventar como un globo con demasiadas aspiraciones. Papá está loco, pensó, intentando averiguar cómo habían cabido. Imposible. Tomó el más gordo de todos, en su portada Memorias, tipografía dorada, fondo verde, pesado como los ladrillos, de un antebrazo de largo, inacabable.

Dentro, con la letra de su padre, su vida. Toda su vida, excepto la última página, a medio escribir.

La abuela lo espera con una llave inglesa al final de la escalera.
—Gracias, abuelita.
—¿Y ese libro?
—De su yerno favorito, sus memorias.
—¿Y se lo lleva?
—Sí, supongo.

Cuando el chillido de la puerta lo anunció, su padre y su madre conversaban. Como solía pasar por las mañanas, estaba bastante lúcido.
—Hola papá, hola mamá.

Su padre lo miró con un ojo cerrado, otro a medio abrir, cuestionándolo.
—Le traje esto.
El asombro se multiplicó en la cara del padre el ver ese libro lleno de su vida, para él tan desconocido como su hijo. La mesa se molestó al tener que soportarlo. El plato del desayuno, ahora vacío, competía por espacio.
—Mijo, el doctor quería hablarnos, dése una vueltita.
—Sí mamá.

Su madre no hablaba con los médicos no por una convicción personal o política, sino porque no sabía entender. Su hijo debía estar ahí para traducir. Salieron al pasillo, conversando sobre aquel tomo tan grande, desconocido para los tres.
El prognóstico era bueno, lo que bueno podía ser para ese momento: estabilidad. Seguramente pasará bien otra noche, dijo el doctor, acomodándose los lentes sobre las ojeras. La bata que ya no era blanca, los zapatos que aún eran deportivos, el estetoscopio, que debe fungir como identificación internacional para el gremio galeno, su corbata jorobaba, todo de él estaba agotado. Se apoyaba sobre una mesa que se doblaba bajo su peso. El Doctor sonreía. Ahora curaba ánimos.
—Todo va a salir bien.

Un chillido agudo de la madre al volver a la habitación. Antes de ni bien entrar, ya escapaba ella de la escena, dejando a su hijo enfrente al retablo. La mesa se había roto, el libro había caído sobre su presunto autor: lo había ahogado. Entre las migajas y el último ademán de horror de su padre, abierto en su última página, el párrafo terminado, y letras grandes

«Fin».

jueves, 26 de noviembre de 2015

El salvador del Pelado

por Jorge Luis Pérez


Las casas sepulcrales aún dormían. Ycaza maniobró el MX-5 cerca de la estación de llenado de tanques de aire mientras Matute se bajaba a pagarle a su primo el alquiler de los equipos. Ycaza salió, esperó un rato, encendió un cigarrillo. Mario Matute no volvía. Ayangue es muy tranquilo a esta hora. Sólo uno que otro feligrés a la deriva. Los que salen a faenar salen antes que el sol; los buzos, en cambio, esperan un poco más. En esta época se puede llegar hasta el Cristo que está sumergido a las orillas del islote del Pelado si las corrientes y la visibilidad lo permiten. Matute aún no volvía. Ycaza no sabía si prender otro cigarrillo.

—No fumes, que vamos a bucear —dijo Matute.
—Chucha de tu madre, ¿dónde estabas? Llevo chance parado aquí como la gavardina. No te desaparezcas así.
—Sorry, mi primo me mandó a darle un billete al man de la bomba.
—Puta, pues se avisa, trépate rápido. ¿Sabías que podríamos haber ido en el
carro?
—Sorry, loco.

Había poco que descargar al Iguana. César Pozo, divemaster cholo, capitán del barco, ayudó con los cuatro tanques, lo más pesado del lote. Ycaza es propietario de todo su equipo, Matute lo toma prestado de su primo. Los doce metros de eslora del Iguana se notaban vacíos. Entre los recursos de Ycaza y las conexiones de Matute habían conseguido poder hacer esta salida sólo los dos, con César como navegante, evitando así las molestias de tener que lidiar con gente menos experimentada.

—Va a estar tranquilo, el cielo está despejado —dijo César. Ycaza pensó que esa vieja tradición de predecir cómo estará la marea según las nubes casi siempre es errónea. Aforismos como «si afuera hace frío, adentro va a estar bien» o «si hay viento arriba, abajo está calmado» fueron inventados para los turistas.

Durante el trayecto jugaron al ajedrez. César no usó el GPS para dar con el islote del Pelado, sólo tuvo que seguir la costa hacia el norte por unas treinta millas. Se podría llegar en veinte minutos, pero la ley prohibió motores de más de 150 centímetros cúbicos para no espantar las ballenas que migran por la zona. Como el viaje ya fue realizado en muchas otras ocasiones, intuyeron que ya estaban cerca y dejaron la partida sin terminar. Con el sol sobre el cerro, Ycaza y Matute se pusieron los trajes de 3 milímetros, sin hacer comentario sobre el olor de las algas rojizas, agüero de visibilidad reducida.

César armó los chalecos. XL para Ycaza, con su sonajero, su señal de emergencia, su cuchillo secundario; L para Matute, un chaleco prestado, vejucón, sin ningún añadido. Ycaza se puso el cuchillo a la rodilla, la computadora a la muñeca, el cinturón de plomos a la cintura. Antes de sentarse al filo del Iguana a ponerse las aletas y el visor, se revisaron las amarras mutuamente. Todo tenía que estar bien ajustado. 7 pastillas de plomo para Ycaza, 5 para Matute.

—¿Libre? —preguntan a César.
—Libre —dice César, sin mirar.

De espaldas, partiendo la mar con los tanques, una mano en el visor, otra protegiendo la nuca, los dos buzos caen al agua. Ycaza va controlando la profundidad en el manómetro, Matute va dando vueltas. La visibilidad es baja, la corriente es fuerte. Ycaza se acerca a Matute. Ojos en mí, le señala. Es fácil perderse al descender en estas condiciones; encontrar al Cristo no será fácil así. Tocan tierra a los 60 pies, muy por debajo de donde está la estatua. Matute, el más orientado, señala hacia el horizonte. Ycaza responde la señal y comunica «tú adelante, yo atrás» con los índices. Segundos después es cuando siente desaparecer de sus caderas la presión de los plomos: el cinturón se ha aflojado.

Ycaza los alcanza a coger, la desgracia mayor está evitada. Puede ver cómo Matute desaparece en la dirección señalada, no puede utilizar el sonajero para llamarle, sus manos están ocupadas sosteniendo el cinturón, que debe volver a ponerse, y aunque la técnica es fácil, pues es sólo darse la vuelta de boca arriba a boca abajo manteniendo la parte sin hebilla sobre la cadera derecha, no consigue encontrar lugar para que quepan porque el chaleco está muy abajo, intenta gritar, pues sabe que algo se puede oír, pero ya es tarde, ha dado muchas vueltas, la corriente lo ha llevado hasta quién sabe dónde, sólo queda subir lentamente con los plomos en las manos, inflar la señal de emergencia y esperar a que César lo vea, pero «los problemas que pasan abajo se resuelven abajo», recuerda, y empieza a creer en los axiomas, porque es más fácil no separarse abajo, donde aún sabe qué dirección llevaba, e intenta una vez más pasarse los plomos por la espalda, quitando milímetros del cuerpo, ajustándolos lo más posible, parece que se ha descosido una de las amarras, pero es imposible mirarse a la cintura con el chaleco puesto, ahora lo importante es no perder la calma y no perder los plomos, sobre todo a esta profundidad, y cuando siente las manos de Matute el alma le vuelve al cuerpo, tranquilo, señala Matute, quien aparentemente está reconectando el cierre al cinturón, que efectivamente se ha descosido, vuelve Matute a establecer contacto con Ycaza, ya está, parece señalar, e Ycaza intenta mirar hacia los broches del cinturón, para ver cómo uno de los plomos sale del borde y cae, con sus cinco kilos, en la nuca de Mario, y el agua, que ya era oscura, tórnase rojiza, y el espacio ganado al tener un plomo menos permite a Ycaza volver a ponerse el cinturón.

Cuando busca a Mario, no lo ve. Este procedimiento también es simple, hay que buscarse por un minuto y luego volver a subir y buscarse arriba. Pero el procedimiento no dice nada sobre qué hacer cuando un buzo ha sido impactado a traición por un plomo. Ycaza cumple con la máxima, y respetando el reloj, sube al límite de la velocidad permitida por los pulmones. César ha seguido las burbujas y el Iguana está cerca.

—¡¿Subió Matute?! —grita, escupiendo el regulador.
—¿Qué?

Matute no está arriba. Ycaza deshincha el chaleco y vuelve a bajar. «Puta madre, Matute, te dije que no te perdieras».

El tanque de oxígeno aún tiene medio bar, más que suficiente, piensa equivocadamente Ycaza, y busca los sesenta pies de nuevo, calculando a dónde podría haber derivado Matute.

La mar es un desierto. A duras penas, y sólo para entorpecer, hay plancton. No hay sonidos, salvo un exhalar exaltado y arrítmico. Entonces cruza un ichtus dorado, que debe estar dejándose llevar por la corriente hacia el islote, como el cuerpo de Matute, e Ycaza lo sigue, pataleando con fuerza en la diagonal que la corriente y el islote podrían hacer. La bóveda, azules sobre piedra, sofocante, se abre ante él. En el horizonte, detenido por los brazos extendidos del Cristo, y gracias a Dios con el regulador aún en la boca, ve una sombra enturbiada por el brote cobrizo. Mario tiene los ojos abiertos, fijos en su salvador, pero no parece estar viendo nada. Ycaza revisa el aire de su amigo: 1 bar.

«Tengo que dejar de fumar» piensa, inflándole el chaleco un poco. Considera, esta vez con razón, que es mejor subirlo inconsciente, porque si vuelve en sí a lo mejor entra en pánico. Desde el Cristo hasta la superficie son sólo unos 30 pies: más fácil, se dice Ycaza, notando, por la resistencia que impone su regulador, que su tanque debe estar casi vacío. Desprende el regulador de emergencia del chaleco de Mario y empieza a subir, con los ojos divididos entre la boca azulada de Mario, el halo morado que le rodea, la computadora, que dice que el ascenso va bien, y su propio nivel de aire, que es escaso. Cuando el suministro se acaba, se cambia al regulador de emergencia del socorrido. A los cinco pies abre manualmente la tráquea y le llena el chaleco con una fuerte exhalación, toma una última gran bocanada de aire, y suelta a Mario junto con su regulador de emergencia. Desde ahí ve a Mario ascender, es un ángel volviendo al cielo. Botando aire sube, ayudado por la flotabilidad del tanque vació.

—Hasta noquiado te salvo —dice Mario cuando surge Ycaza. La marea lo debe haber despertado. El regulador de emergencia descolgado, la alarma roja del tanque vacío, Mario ha leído los símbolos y ha resuelto el crimen. Con una mano se tapa la nuca.
—¿Ah, tú me salvaste, careverga?
—¿Quién se quedó sin aire, tú o yo?
Ycaza suelta una gruesa risa sin bajarse el visor para esconder algo las lágrimas.
—¿Con qué me di? Me partí —dice Mario, aún pálido, pero evidentemente tranquilo.
—Con nada, loco, con nada.

El sol seguía sobre la cordillera, abrigando la superficie. El Iguana, a contraluz, y a pocos metros. El Islote vacío, el silencio es grato.

—Y, ¿viste al Cristo?