lunes, 7 de abril de 2008

Desentierro de lectores subterráneos

Los tiempos modernos hacen que aquella agradable idea de que leer un libro es algo que se debe hacer en el parque, envuelto por las hojas del otoño, en una banca con vista a un lago y sumido en un profundo silencio, sea tan inverosímil como afirmar que siempre estuvimos en guerra con Euroasia. En ese tubo llamado Metro por el que circula una jauría voraz están aquellos que creen que en el ajetreo y zangoloteo de un tren está el momento propicio para, gambeteándose hasta un asiento y sacando un libro, cumplir cuotas de lectura. Es que el apretado horario de la vida rápida, cosmopolita, no deja tiempo para darse el lujo de leer en silencio, con un chocolate caliente, sino que obliga a relegar la lectura a un vagón del subterráneo.

Todo tipo de libros viajan en el Metro con sendos lectores, todos únicos. La lectura de las mujeres abarca más géneros que la de los hombres, en general. Parece que nosotros preferimos la ficción de los periódicos y ellas se dejan llevar por las novelas. Pocos leen obras de teatro y casi ninguno lee poemas. A Lorca no le gusta viajar en Metro. No hay edad para las lecturas, pero sí para los géneros literarios: los jóvenes ya se esmeran lo suficiente para huir de los libros de historia en el instituto como para abrir, luego, un libro biográfico de algún personaje trascendental camino a casa.

Dime qué lees y te diré quien eres. Si hay estereotipos de lectores, el Metro se encarga de confirmarlos: Está la joven que lee a Romeo y Julieta sin tener idea de que la mitad de la obra es soneto pero con la convicción, quizás, de que es completamente plausible enamorarse perdidamente en menos de un mes y dar la vida por ese amor. El hombre que lee ciencia-ficción, pero de la de hadas y magos, tiene como autor favorito a Tolkien y responde preguntas tímidamente, escondido entre sus grandes anteojos. Está la cincuentona que lee lo que sus amigas le recomiendan, pues le da igual el libro: lo que le interesa es luego comentarlo junto a ellas. Está el cortante señor que lee a Aristóteles pero dice no leer literatura, pues quizás se saltó el capítulo de Mímesis de la Poética. Está la señora simpatiquísima que no le molesta que otros lean sobre su hombro, devora de dos a cuatro libros al mes “según el volumen” y comparte ávidamente recomendaciones de libros para leer.

García Márquez es el favorito de los escritores latino-americanos. Vargas Llosa y Juan Rulfo son también mencionados, pero el Escribidor es más conocido que el padre del Páramo y el Llano. Un no-muy-lejano Saramago es también mencionado frecuentemente cuando se habla de extranjeros; una señora, completamente adoptable para puesto de abuela, asegura que justamente el portugués es su favorito, para corroborarlo, enseña un ejemplar de “La caverna”. -“Cuál es su libro favorito de Saramago”, le pregunto. “No se vale decir Ensayo de la Ceguera”, agrego, para abonar al factor sorpresa. –“Para mí es el mejor”. “Ensayo de la Lucidez no mola, como dicen ustedes”, dice también, entre risas.

Después de unas horas de preguntas se comprueba lo que dicen las estadísticas. El madrileño promedio se ve mínimo media hora de su día en el Metro. Algunos dicen pasar hasta cuatro horas ahí, lo que representaría un tercio del día útil de cualquier persona. Los libros hacen buenos compañeros de viaje, mas dentro del tubo, no hay un compañero de viaje favorito. De hecho, rara vez se ve al mismo libro dos veces—ni siquiera al popular Harry Potter, quien no se ha hecho presente más de una vez. Además, y desgraciadamente para los periodistas que han aprovechado el momento electoral para publicar evaluaciones de la gestión de ZP o conjeturas sobre un régimen de Rajoy, el tema de la política —muy desapropiadamente– no encuentra lugar bajo la tierra.

Sobre el formato de los libros que prefieren llevar los lectores, el “de bolsillo” no es el más común; aunque los hay muy pocos que osen llevarlos “tapa dura”, no hay un tamaño que se imponga sobre otros: parecería que quien quiere leer no repara en tamaños ni se intimida por los libros tamaño “biblia”. Pero no sólo se leen libros, también hay otros medios populares en el Metro. De estos, los periódicos gratuitos son más leídos que los diarios de calidad; la acertada estrategia de distribuirlos en las bocas de la red parece ser la responsable. De ahí, pasquines, panfletos, revistas también son leídos, pero es mucho menos frecuente verlos. Entre todo, los lectores del Metro no son mayoría, menos aún en las líneas que tienen reputación de ser “rápidas”. Hay más lectores en la lenta 5 que en la veloz 10.

Amar la lectura es pasión de pocos, cada día de menos. Valorarla como para cargar fielmente con un libro todo el día, para leerlo solamente en el breve (y a veces no tan breve) respiro que supone trasladarse, es muestra de que la buena cultura se filtra hasta debajo de la misma tierra.

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