viernes, 15 de mayo de 2009

Todos deberían leer Larra. Mejor si se empieza a hacerlo con "El día de Difuntos de 1836"

"Bendito sean los muertos", cita Larra en latín. Con esta idea, empieza a explayarse sobre la condición de lo que estamos vivos entre instituciones e ideales que han muerto. La voz narrativa cree haberlo visto todo y no haber entendido nada, por lo que se siente peor que un "militar que ha perdido una pierna por el Estatuto, y se ha quedado sin pierna y sin Estatuto".

Es el día de los difuntos y Fígaro no entiende por qué la gente va al cementerio a visitar a sus finados, si ellos mismos están más muertos que nadie. "¿No tenéis espejos por ventura?" La paz y la libertad de los muertos separa la condición de los madrileños que desfilan para entristecer al asombrado testigo.

Larra declara muerta todas las instituciones de la corte, sus gentes y hasta su propio corazón. ¿Sufre Larra al escribir "El día de Difuntos de 1836"? Los epitafios que inventan son, ante todo, jocosos; si leerlos aduele, es porque se identifican como ciertos, verdades que hacen reflexionar que las cosas no van como deberían-- que nos riamos al leerlas no las desmerece, es sólo señal de que Larra convertía todo lo que escribía en oro.

Pero podría "El día de Difuntos de 1836" ser tomada como una crítica, en contraste a interpretarla como la propia decepción del autor. Las últimas líneas del texto, sin embargo, encaminan cualquier posibilidad de desestimar la profundidad de la preocupación de Larra al olvido-- el epitafio escrito en su corazón dice que ahí ha muerto la esperanza.

¿Y qué de la gracia del artículo? ¿Impide esta profundizar en su contenido? La imagen de Fígaro tanteando sus bolsillos donde sus dedos son "otros gobiernos" y sus bolsillos el pueblo español, su comparación "¡Fuera –exclamé–, fuera! –como si estuviera viendo representar a un actor español–: ¡fuera!"; sus ingeniosos epitafios: en el de los ministerios se lee "«Aquí yace media España; murió de la otra media»."

Es difícil entender el tono de la ironía del autor. Si él pudiera decirnos cómo leer el artículo, ¿recomendaría un tono grave y pausado o un ritmo burlón y fresco? Más que nada, no le tendría que cambiar más que la fecha del título y el apellido de alguna referencia política, pues la verdad de hace 173 años es la realidad de hoy.

Fígaro en el cementerio tiene la sobriedad necesaria para ver más allá de la verdad y catalogarla con la palabra precisa. Larra borda la realidad con hilos dorados de retórica-- si bien un fragmento en latín encabeza la idea principal, las cinco palabras primeras no prevén la profundidad audaz a la que llegará el texto.

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