jueves, 5 de mayo de 2011

Cubeta de hielo

Mi buen amigo José es, creo yo, muy inteligente. Sin embargo, en algún momento de mi vida escuché esa figura de que las inteligencias eran múltiples, y que había, entonces, gente con talento para la música pero que quizás no interpretaran bien los espacios y las dimensiones, y supongo que habrá algo de cierto en aquella teoría, pues si usas todos los hielos de la cubeta, ¿por qué la vuelves a meter al congelador?

Es, en escénica, la cúspide de no haber vivido nunca solo. O, como corolario, la de haber tenido siempre a alguien que llene las cubetas con agua. Pero, ¿qué clase de desconsiderado hay que hacer para mandarse esa figura en casa ajena? En mi casa, concretamente, donde se consumen hielos diariamente. ¿Qué mente puede ser tan retorcida y a la vez tan desgraciada como para no pensar al momento de meter la cubeta al frigorífico "esto no está bien".

¿Qué más? ¿Acabarse la Fanta y dejar la botella plástica en la refri? Porque la de dejar los vasos en los estantes, como si fueran parte de una colección de DVDs, ya se le ocurrió. O la de que cada vaso de gin debe servirse en un vaso distinto. Supongo que si yo, en casa, tuviera menos vasos, José terminaría bebiendo menos, y yo durmiendo más.


Foto de Andreas Ottosson

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