martes, 7 de junio de 2011

Sobre los céntimos

Odio los centavos. Y sobretodo en Europa. En nuestro país los centavos tienen siempre una utilidad y una jerarquía, pero esta no existe como tal por acá. Y eso, a priori, no está mal, y así puedes creerlo hasta que llegas con diez mil monedas de un centavo a casa. Tengo tantas moneditas regadas en la mesita de entrada que creo que la pobre se ha envenenado de tanto cobre. A todo esto, ¿para qué demonios existe una moneda de 2 céntimos?

Pero bueno, a lo que iba: En Ecuador se puede determinar tu clase social a través de la cantidad de monedas con las que vuelves a casa. Si vuelves a casa sin ninguna, es mi valoración que probablemente se las hayas dejado de propina a tu cuida-carros de confianza. Si, en cambio, sólo llegas a casa a punta de monedas, probablemente seas conductor de buseta.

En cambio, este escenario no se aplica a España. Quizás es porque aquí no existe, como tal, la figura del cuida carros, y que nada haces metiéndole una moneda de 2 centavos al parquímetro. Lo que sí ocurre acá es el merecido desdén a las monedas de baja denominación. Ni los pobres las quieren, y muchos consideran como un insulto que se les acredite un céntimo por su especializada labor de lavar vidrios con periódicos gratuitos y agua sucia.

Es, entonces, fácil de entrever que acá las monedas bajas se van acumulando hasta que su alta cantidad coincide un día con una similar cantidad de aburrimiento y una baja cantidad de vergüenza y estas monedas son usadas para comprar una cajetilla de cigarrillos en un lugar donde no tengan reparo de ir contando, una a una, las trescientas mil monedas que has amasado. Así el ciclo de la jerarquía de las monedas, aunque de una forma más lenta y sutil, se mantiene.

Es por esto que me atrevo a especular que hay una relación entre la velocidad de circulación de las monedas de un país y su bienestar, donde mientras más lento, mejor. Otra señal podría ser que en Europa la gente no se lanza a lo Iker Casillas por una moneda de un céntimo que cae rodando por los suelos. Quién sabe. Yo no soy economista. Lo que sí soy es fanático de René Descartes:

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