viernes, 8 de abril de 2011

Carta abierta a la Sra. Madre del Sr. Nicolás Peña

Desde Ginebra, Suiza

Buenos días, Sra. Madre del Sr. Nicolás Peña. Como espero que sepa, en estos momentos me encuentro visitando a su hijo, el Sr. Nicolás Peña. Si bien sé que seguramente usted conocerá ya las habilidades de autosuficiencia de su hijo, permítame detallarle algunos aspectos de la cotidianidad de Nicolás y de sus dotes de anfitrión.

Ayer mismo me recibió puntualmente en la estación central de Ginebra y procedió inmediatamente a guiarme por el recorrido turístico de las más grandes y conocidas atracciones de la Capital de los Bancos, que incluyen (y se limitan a) la casa de Nicolás, el lugar de trabajo de Nicolás, y la estación, a la que, aún no sé porqué, fuimos dos veces. De lo que pude ver, Ginebra es una ciudad muy bien distribuida y su estación de tren es, hasta ahora, de las cosas que más me ha gustado.

Luego me quedé en casa de Nicolás mientras él trabajaba. Ahí pude observar que, a pesar de estar alquilando un apartamento que más bien parece un bazaar por el cúmulo casi infinito de enceres y objetos árabes, Nicolás ha mantenido el estoicismo por el que siempre lo he conocido, negándose, hasta el día de hoy, de dejar de lavar en el lavavajillas su único cotonete, que diligentemente conserva en una servilleta de algodón-- la cual dobla de toalla.

No sólo no se no se está comprando nada nuevo, sino que hasta ha conseguido sagazmente darle utilidades múltiples a las que ya posee, por lo que se han inventado vocablos aquí para describir la toalla-calzoncillo, el cepillo de dientes-fregona y el correo basura-servilleta. A pesar de que tengo entendido por lo que deja entrever modestamente su hijo, (pues intuyo que gana bien en su oficio) aparentemente una buena tajada la devuelve a la ciudad en forma de impuestos, por lo que ya es cotidiano escucharle frases como "así que esto es lo que hacen con mi dinero", cosa que le está haciendo salir alguna que otra cana.

Por la noche salimos por la ciudad. Yo cené unas brochetas y Nicolás, fiel a su lógica del ahorro, me explicó que más importante era la comida para el alma y procedió a acompañarme leyendo en voz baja de los poemas de Machado mientas yo comía. Buena parte, a todo esto, de la reducida ingesta de Nicolás se debe a que, aunque dice que entiende bien el francés y está tomando cursos del idioma galo a través de la televisión local, sólo consigue hablarlo a tal nivel en el que ya ha dejado de recibir veneno cuando pide pescado. Aún estamos trabajando en que deje de pedirle rakumin a la mesera, pero le prometo por la presente de que no me iré sin enseñarle el básico y necesario "sandwich de poulet" a su hijo, y que le obligaré a practicarlo hasta que le dejen de dar unas botas campestres cada vez que lo enuncia.

En esa noche, después de la cena, conocí, además, a las amistades de Nicolás en suiza, que incluyen, pero no se limitan, a un pedazo de queso amarillo al que jocosamente llamamos "hueco 'e bala", y a Mischa Von Tarb, que es como ha bautizado al nomo voyerista que, según dice, le acosa de camino al trabajo. Seriamente, Nicolás tiene ya varios amigos en la ciudad y parece que él no sólo es parte del grupo, sino la parte central de la dinámica del mismo. Yo le he insistido que la ruleta rusa no vale la pena, pero él no me ha escuchado.

Una vez cerrada la noche, a falta de espacio, Nicolás y yo nos vimos forzados a compartir cama-- cosa que, me atrevo a decir, hacemos bastante bien pues él es de tamaño twin y yo soy de circunferencia king, y entre los dos encajamos perfectamente en un colchón queen. Admito admiración frente al descubrimiento de Nicolás para facilitar el tender la cama: Sólo tiene una colcha sobre esta. Desgraciadamente, si bien la colcha envuelve a Nicolás completamente, a mí me deja en la dicotomía de si taparme los pies o la espalda, pues no hay forma de conseguir ambas para mi diámetro.

Esta mañana Nicolás y yo hemos discutido sobre el tema del desayuno. Yo, intentando no ser un estorbo, pedí pan con mantequilla y azúcar, a lo que Nicolás me respondió agresivamente que la mantequilla era un producto únicamente consumido por los ricos, lo que me ha dejado tanto confundido como halagado. Aún así, Nicolás ha cocinado con proeza un filete de carne a la pasta de tomate con una ración de tortellinis que, confieso, estaban muy buenos. Tanto así, que la próxima vez que me los sirva procuraré que Nicolás me revele cuáles eran los pedazos de pollo y cuáles eran los tortellinis.

Dicho todo esto, puedo asegurar que Nicolás está contento en Ginebra, aprovechando plenamente la oportunidad laboral y social que le representa, si bien de vez en cuando tenga que dedicarse a recibir visitas de tan entrometidos compatriotas.

Atentamente,

Jorge Luis Pérez Armijos.


Foto de Emerging Birder

2 comentarios:

PrincesaQuil dijo...

Me he matado de risa con este post que al principio, lo confieso, por el título no lo iba a leer. En esa parte de las utilidades múltiples de las cosas me he acordado de los primeros días viviendo con mi esposo, yo que aún no me acostumbraba a hacer la lavandería con regularidad, me había quedado sin toallas limpias, por lo que mi esposo no se hizo ningún problema.. mi amor entonces pásame algo "tipo toalla" a lo que le respondí con un signo de interrogación, tipo que??? Y así me explicó sobre el "tipo toalla", "tipo sábana", "tipo limpión" y demás tipos jajaja... terminó secandose con un calentador!

Jorge Luis Pérez dijo...

El cabello es mi top en lo que es tipo toalla.

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