lunes, 1 de noviembre de 2010

Me he desgarrado un músculo

No hay mayor señal de hombría y atletismo que un músculo desgarrado. Incidentalmente, ayer me desgarré un músculo-- el de la mandíbula, concretamente. Si bien es cierto que me lo desgarré bostezando, un desgarre es un desgarre. ¿Es eso una señal? ¿Que la actividad más extrema del cuerpo, la que lleva a la lesión, sea bostezar?

Sea como sea, lo cierto es que el músculo aquel, el de abajo de la boca, se me ha inflamado-- cosa que me vino de maravilla para la noche del 31, porque una papada prominente facilita mucho la complicada decisión de de qué me disfrazo: Alfred Hitchcock. Además, si lo pienso, vengo trabajando en ser Hitchcock desde hace como tres años, con eso del peso y la calvicie.

Me gustaría ya que la inflamación desaparezca. Seamos honestos, si ya estando en plena salud no era exactamente George Clooney, no es que pueda, ahora, sobrellevar dignamente verme un poco más feo, porque cuando uno está sobre el abismo, unos centímetros es todo lo que hace falta para caer dentro. Cuando Clooney se levanta resacoso, despeinado, agripado, sin afeitarse, picado por una avispa en la ceja, sigue estando a millas del abismo.

Si eres feo y consigues afearte un poco más, lo último que necesitas es destacar. Y alguien con una sana dósis de fealdad, como yo, debería ser kármicamente compensado cuando algo como un músculo inflamado en la cara ocurre-- yo sugiero que se me reduzca unos 40 centímetros de estatura. No sólo por mí, los demás, los de estatura estándar, no deberían estar tampoco expuestos a este tipo de cosas cuando caminan por la calle. ¿Qué culpa tienen ellos de que mi barbilla les de justo a la altura de los ojos?

Foto de Rakka

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