jueves, 31 de julio de 2008

Sin Montañita

Aún recuerdo cuando la mañana venía después de la tarde i la noche duraba días, la inercia de las manos del malabarista empujaba la luna hasta que dábamos con el tijerón del lunes. Pero un día llegó el adoquín i enterró al olor del aire i la neblina, i a pesar de que ya estaba viciado desde que pusieron el cajero, se mantenía cogido fuértemente al recuerdo; aunque sabíamos que estaba cambiando la cosa, pues estuvimos ahí el día en el treparon el letrero de Porta, no quisimos interpretar los mensajes. De repente, al Poeta i su carreta les abrieron un bar hawaiano al frente, al comedor del Abuelo i doña Elena les pusieron en la esquina un restaurante de esos que usan menús, al hostal de don Alejo le apareció al otro lado de la calle un hotel tres estrellas, junto al Abogado se cuadraron los indios vendedores de artesanías industriales, la marihuana del Chivo la cambiaron por pastillas coloridas i luego rompieron la guitarra de Bobby Marley o Manu Chao i montaron un parlante colmado de reguetón. En la playa ahuyentaron el brillo de la arena cuando la poblaron de alquiladores de sillas, el coco, el coco, tengo el bollo, granizado, hágase el tatuaje, mire la hamaquita- es de las buenas, artesanía cultura chorrera, las pulseras, lleve las cajitas, le hago la trenza. El olor del viento nunca volverá, pero ahí donde sopla desde la punta del cerro sigue habiendo un lugar que se llama Montañita, donde antes quedaba Montañita.

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